Siéntate erguido, hombros pesados y mirada al frente. Inclina la oreja hacia el hombro derecho sin girar la cara, buscando una sensación amable en el costado izquierdo del cuello. Mantén entre quince y veinte segundos, respirando profundo. Cambia de lado. Para intensificar, coloca la mano del lado de la inclinación sobre la sien, solo como guía, sin forzar. Dos o tres rondas bastan. Observa si la mandíbula aprieta; suéltala. Al terminar, flota la cabeza al centro y siente el espacio recién creado.
Cruza brazos sobre el pecho, llevando manos a omóplatos, y ofrece un abrazo. Al exhalar, permite que la parte alta de la espalda se redondee un poco. Inhala abriendo, suelta brazos, entrelaza dedos detrás de la espalda o toma el respaldo de la silla y proyecta el esternón con calma. Alterna tres veces. Este vaivén moviliza columna torácica, libera puntos entre escápulas y recuerda a los hombros su camino hacia abajo. La respiración guía la amplitud, evitando exageraciones y manteniendo la sensación de alivio cálido.
Con brazos relajados, dibuja círculos lentos hacia atrás, como si pasearas arena por dentro de cada articulación. Deja que la inhalación acompañe la elevación y la exhalación guíe el descenso. Ocho repeticiones bastan; luego invierte la dirección si lo sientes útil. Evita encoger el cuello y da permiso al pecho para abrirse discretamente. Si algún chasquido aparece sin dolor, continúa con cuidado; si molesta, reduce el rango. Al finalizar, nota el calor agradable y la ligereza que hacen más amable el tecleo.